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Si se me apareciera el hada distrital de los deseos y me concediera un capricho, le pediría que a la hora de intervenir en el barrio San Martín, dejase tal cual la calle Treinta y dos. De encime le solicitaría también presupuesto para reformar el interior de las casas y atraer inversionistas (aka inversores). Y para completar los tres deseos, le solicitaría en fin que me dividiese por cinco el número de delitos de alto impacto. O por dos. O que los dejara como están. Todo menos el regreso a los tétricos años ochenta y a las cuasiirreparables pastranadas que los caracterizaron.
1 comentario:
Ese árbol atrapado en su oasis parece pedir lo mismo.
Una calle de tamaño humano necesita un árbol en medio cuya sombra proteja a los que paseen por la calzada. Quien si no va a dar fe de su inclinación.
Saludos desde los madriles.
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