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jueves, agosto 09, 2012

Día 918

Epifanía. Ó: cristal de proyección. Ahora ha vuelto. Todo punto es suspensivo. Un buen punto nunca es suspensivo. Pero el mal no existe. A la muerte le repugna el mal. Al odio le repugna el mal. A la sevicia le repugna el mal. Es imposible, el mal. Pero volvamos. La mejor reacción es no reaccionar. Los buenos reflejos son tan vitales como mortales. Al egoísmo le repugna el mal. La inmovilidad es el bien en su más puro estado.

viernes, junio 29, 2012

Día 877 Te manda saludos Erwin

Dijo Churchill el 4 de junio de 1940 en su discurso ante la Cámara de los Comunes: "We shall defend our Island, whatever the cost may be, we shall fight on the beaches". De eso hay que resaltar el 'our' y 'beaches', pues lo importante no es pelear (ese es el contexto) sino el escenario. ¿Es mejor pues afrontar las cuestiones en nuestro reino, o es por el contrario mejor elegir un terreno ajeno? Ambas alternativas presentan ventajas, pero también lo contrario. Por un lado, 'pelear en nuestras playas' implica cierta familiaridad con el terreno, lo que favorece la precisión y el impacto al trazar y emplear estrategias basadas en la inteligencia situacional. Es el caso de Pablo Escobar y su escape de La Catedral: no habría sido posible si no conociera como la palma de la mano los cerros del Poblado y Envigado. Pero ese escenario tiene el inconveniente de que lo que se rompe, se nos rompe. Como Japón en Iwojima, se está negociando con elementos esenciales, cuya pérdida puede no ser reparada; la devastación de Polonia tras la Segunda Guerra Mundial es otro ejemplo. Pero dar los enfrentamientos en otros terrenos presenta también otras características. Dentro de las ventajas está que, como Dorothy, siempre podemos regresar a Kansas. Pase lo que pase, el hogar (o por lo menos su idea) siempre será una retaguardia de la que solo en casos de crisis fatal nos tendremos que privar. 'No hay nada como la casa': si no se pierde la cabeza queda la alternativa del repliegue estratégico. Su mayor desventaja radica también en el (des)conocimiento del terreno, que nos es ajeno por definición y del que por lo tanto se puede solo sacar una ventaja circunstancial. Al respecto es clave distinguir dos situaciones con diferencias relevantes. Cuando la pelea se da en los terrenos del enemigo y cuando sucede en áreas neutras. El primer caso tiene algo de la ruleta rusa. Es cierto que da ventaja al invasor, en particular por la  vulnerabilidad estratégica del oponente. Pero su interés es demasiado pequeño como para justificar el costo de una aniquilación posible (aunque no siempre probable). En esa área, la neutralidad de la segunda condición es una concesión, pero también un escudo. ¿Qué hacer para pelear contra el hombre invisible? Batman encontró la respuesta: apagar las luces. 'Lo neutro' debe servir para neutralizar; si no vamos a ver, que nadie vea. Esa es la lección del zorro Rommel: aunque el desierto sea el peor lugar para pelear, lo es para todos. Sin excepción.

sábado, marzo 24, 2012

Día 790

En Bogotá abundan los desencuentros. La peor manera de remediarlos es ignorándolos. Acá quien se sume en sus pensamientos colapsa como un imperio o como un lote mal asentado, pues los basamentos se encuentran en arcillas expansivas por haber construido en ríos y lagos. Por eso temen los expertos el próximo gran terremoto, que ojalá nos sorprenda como a Juan Villoro en Chile: convencidos de que estamos en un país extranjero. Lo cierto es que el único espacio que habitamos es nuestro cuerpo y el presente el único lapso. Es muy fácil hacer algo y morirse: lo difícil es lo contrario.

sábado, julio 31, 2010

Día 256

Nada mejor para escoger entre las tres virtudes teologales que la fe, pues no puede ser más importante, y sin ella las otras dos no son posibles, y en general en su ausencia nada es posible, debiendo en realidad declarársela virtud fundamental, para que dé curso al universo en el más axiomático sentido, la letra E al revés de la operaciones lógicas, pues ante todo hay que establecer la existencia del tema tratado, ya que de lo contrario se estarán elaborando reglas carentes de efecto, siendo en otras palabras indispensable y primordial la presunción de existencia que da la fe, de modo que sin ella es impensable albergar esperanza, y muchísimo menos amar, de modo que aunque el amor sea lo que sostiene el mundo, y haya por eso sido aplaudido hasta llegarse a afirmar que de las tres virtudes es el mejor, aunque sostenga el mundo, decía, la fe por su parte determina que la expresión "sostener el mundo" sea significativa, pues si no se tiene fe por lo menos en la existencia de las cosas, es imposible pretender que estas sean sostenidas por el amor o lo que sea, por no hablar de predicados mucho más complejos, como afirmar que sean altas o sublimes o flacas o divinas, conjurándose de paso la alternativa de guardar silencio, pues aunque se esté antes de lo decible, se sigue estando ante la palabra, de modo que es lícito concluir que callar es ya hablar un poco, siguiendo en líneas generales otro tipo de exigencias comunicacionales, de modo que cuando parece no necesitarse nada para estar con una persona, aparte de estar con ella, que para vivir, repetimos, basta con la armonía emotiva y con cierta telepatía intelectual, cuando se cae pues en la falacia del silencio, se está en realidad dependiendo de su estructura tácita y oculta, o en otras palabras en un caso en que se niegan los más selectos frutos de la fe, que son el tiempo y la materia, pues en su ausencia no puede haber ni armonía emotiva ni telepatía emocional ni silencio alguno, y de ninguna manera ni el más mínimo asomo de esperanza, que es de lejos la más accidental y prescindible de las tres, pues en un sentido amplio tan sólo pretende que lo dado mejore, y en un sentido estricto que se complemente lo insatisfactorio, sin pasar nunca de ser un optimismo disfrazado, una pura forma de desear, que es una capacidad clave para el bienestar de los seres conscientes, por más rudimentaria que sea su autopercepción, pero hasta en los más recónditos casos, insistimos, apenas conducente a una satisfacción o desilusión, que depende por supuesto de la expectativa inicial, de la que empero ningún elemento esencial depende, siendo por ende la esperanza y en menor medida el amor conceptos disonantes en la terna de las virtudes teologales, de donde habría que excluirlos, incorporándolos por el contrario en grupos de menor nivel, como las siete virtudes del catecismo, utilizándolas respectivamente para reemplazar la diligencia y la castidad, ya que esos conceptos no contrarrestan ni la pereza ni la lujuria, dejando entonces la fe como única virtud teologal.

Con lo que san Pablo queda refutado.