jueves, enero 14, 2010

Día 73

Siempre me ha costado lo sagrado. Por varias razones, en particular el hecho de ser a mi juicio un concepto tan poco democrático, ya que veo inevitable que algunos terminen siendo más dignos de percibirlo que otros. Y ahí te quiero ver. Pero también soy consciente de su enorme virtud de proteger aquello sin lo que no podemos o queremos vivir. Cuando tengo crisis de positivismo, pienso en despertarme una mañana y encontrar el panorama sin las gráciles copas de las palmas del Parque de la Independencia. De joven aprendí a amarlas, cuando me alejé a extrañarlas, y ahora a adorarlas. Es tanto mi cariño que si me descuido me pongo a halagarlas mentalmente, preguntándome por qué estarán tan misteriosas, o al contrario: por qué se burlan tanto de una ciudad a la que tanto le cuesta entenderlas. Sí, mirando su tranquila dignidad vegetal me siento su hermano menor del mundo animal.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

tán bellas, comparto tu encanto por estas palmas. Son tán bogotanas.

Javier dijo...

El tiempo parece rodearnos de dioses y liturgias propias.
Lo más sagrado se revela desde lo más insignificante para hacerse imprescindible.

Ello nos va conformando tal y como somos.

Y todo se llena de altares insospechados.

Hermosas palmas.
Un saludo.

mi nombre es alma dijo...

Es de lo poco que permite asegurar que en las ciudades aún perdura la naturaleza.

Un abrazo